3 ago 2011

París, troppo romantico

La fría y oscura noche nos recibe al bajar de un misterioso autobús blanco, en el que realizamos el incierto trayecto entre París y uno de esos aerpuertos que Ryanair se inventa. Tras encontrar la parada del autobús que nos llevará al hotel, Australia ayuda a una señora y su hija a "encontrar" el coche que las recoge, y nos lo agradecen una y mil veces. Acabamos por encontrar el hotel con relativa facilidad, y una acogedora habitación nos espera, que, sin duda, hace que nos alegremos sabiendo lo barata que era. Así termina un larguísimo día, que incluyó un examen, check-out de la residencia, despedidas, autobuses a y desde aeropuertos, vuelos y primeras aventuras por esa ciudad que todos dicen tan romántica, a veces incluso troppo romántica para los pobres robots.

Transcurrieron los siguientes días guiados por las recomendaciones de una amabilísima amiga, con la que disfrutamos de una buena tarde tomando algo. Así, combinamos Sacré Cœur con largas caminatas por barrios plagados de peluquerías hasta los topes de personas de raza negra, o disfrutamos de un Notre Dame en exclusiva para nosotros mientras bailamos bajo la lluvia.No perdimos la ocasión de ver los fuegos artificiales con la Torre Eiffel, y el espectáculo incluyó música y por supuesto mucho romanticismo. Australia se convirtió en francesa e iba diciendo "merci" a diestro y siniestro, comimos en un restaurante unas raclettes buenísimas y en su caso preparada especialmente, y visitamos un enorme y laberíntico mercado de antigüedades y curiosidades muy caro que unas chicas buscaban ansiosas bajo el pretexto de que la otra zona era muy barato y "crap". Tampoco faltó una visita agotadora al Louvre con el clásico, y lógico por otra parte, comentario de que la Mona Lisa no merece su fama, y con muchas estatuas sin narices (existe la teoría de que porque olía mal) y concursos de foto o pintura. Crêpes, misa en Notre Dame, millones de croissants amén de otras delicias de bollería, quesos, torre de Saint Jaques dedicada al Camino de Santiago, Moulin Rouge sin más para Australia (yo ni he visto la peli), baguettes... Gárgolas, iglesias perdidas con preciosas vidrieras, jardines con multitud de sillas que puedes mover a tu antojo, plazas colapsadas de artistas, zumos escondidos, ópera, paseos de noche, aglomeraciones de metro y autobuses nocturnos como consecuencia...
Y, por supuesto, una gran ascensión (y mejor descenso) a la torre Eiffel, con tempestad incluída en el segundo piso.

París, más bonita de lo que la recordaba, menos de lo que la recuerdan, sorprendente en ocasiones, atestada en otras, con bellos sitios y edificios, con la inexplicablemente ágica y encantadora Torre Eiffel, y, desafortunadamente, muchas veces, mejores bollos que personas.

Au revoir París, y merci beaucoup.


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Apéndice - París - Breve historia de una cena

La cola se alarga hasta la misma acera de la calle, atravesando entrada y patio. Palabras tranquilizadoras de una amiga que nos dice que va rápido. Una simpática empleada toma nota de que somos dos y responde a nuestras preguntas.
Era cierto, al poco tiempo nos hacen pasar y podemos entrar. Al cruzar la puerta se descubre un ajetreado y gran restaurante lleno de actividad, ruidos y voces. Nos sentamos en una mesa de cuatro personas que al poco tiempo rellenan, presuntamente, una madre e hija. Al otro lado dos chicas jóvenes con aspecto de turistas, pero al menos una de ellas parece dominar el francés.

Un camarero de origen asiático nos trae dos cartas dobladas por la mitad, difíciles de entender. Yo apuesto por un plato con carne que espero sea el que he visto a algún comensal, ella por el combinado verduril con pasta. El eficiente empleado, rápidamente trae pan y una botella de vino blanco servida en una cubitera. No mucho después del brindis ya estábamos comiendo.

Los asientos recuerda, quizás, a los de un tren. Los manteles, de papel, sirven también para que los camareros apunten las órdenes. A mi derecha comen caracoles y quesos, más allá gente va llegando y acomodándose. Un camarero veterano, siempre con cara de esfuerzo, atiende varias mesas, recoge y deja platos, siempre como queriendo mostrar que está haciendo un trabajo serio.

Tras terminar el entrante, un puré para mí caliente pero no para su boca de amianto, el camarero siempre atento no tarda en retirar el cuenco y traer los siguientes platos.

Ella me roba patatas fritas, yo pregunto que si todo está bien. Una explosión caracolil me alcanza de lleno y la responsable pide perdón una y mil veces, y afirma que "je suis désolé".

Cuando terminamos, tratamos de elegir dos postres, pero acabo por pedir ayuda al simpático camarero, que dice que inglés a little. Recomienda un choux, al que añadimos un postre de chocolate, bañado en una especie de natillas.

El restaurante comienza a relajarse un poco tras su apogeo de camareros danzando, ordenando, sirviendo, esquivando y limpiando, puesto que la clientela comienza a desfilar hacia la salida poco a poco.

Nuestro fiel camarero hace la cuenta en el mantel, sumando las cantidades, y repasa una vez más la suma. Finalmente nos levantamos y nos despedimos del curioso y ocupado restaurante, donde compartir mesa es un bonito y escaso precio a pagar para poder contemplar todo el espectáculo.

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