El aeropuerto de Ryanair de Estocolmo es muy Ryanair. Tardas una hora y media en ir desde la ciudad, y supongo que la compañía de autobuses se forrará a base de clientes low-cost. Nosotros tuvimos la ocasión de, entre sueño y bostezo, disfrutar de un atasco espectacular provocado por un accidente. Llegados allí, y con Australia como eficiente guía, no tuvimos mayor dificultad en encontrar nuestro hotel. Aunque tuvimos algún problemilla, como una casi obligatoriedad de hacerse una tarjeta "de socio" para ahorrar coste, pero pagando dicha tarjeta, lo cierto es que el hotel fue de mi agrado. Principalmente, por una cocina común que hizo las delicias de Australia, donde pudimos descansar un poco de buscar restaurantes buenos-bonitos-baratos, que resulta ardua labor en todas las ciudades visitadas. Así pudimos ir un poco a nuestro aire, no tan pendiente de horarios, y creo que agradecimos mucho todo esto, e incluso disfrutamos más de cuando comimos fuera.
Nuestra aventura en el hotel comenzó con una sala de espera llena de oceánicos, una familia aussie muy divertida, y un neozelandés que nos contó su vida, recién llegado de Noruega a la que terminó por casi odiar (o eso decía), y que al día siguiente apareció consternado por el fatídico suceso que acaeció, porque había estado allí hacía dos días. Por su parte, la familia australiana tenía un chavalín muy majete con el que nos reímos mucho. Aparte de esto, de alquilar una nevera, y de que había un supermercado que me gustó mucho a una manzana, no mucho más del hotel.
Estocolmo ofrece paseos agradables por sus orillas, monumentos, calles y zonas históricas así como lugares donde el diseño es primordial, museos y exposiciones fotográficas y calles turísticas con tiendas donde comprar recuerdos. Negocios de antigüedades y curiosidades e iglesias con baño y formas bastante distintas a las de aquí.
La ciudad sueca es bonita, y siempre tienes que decidir por qué puente ir. Llena de zonas verdes, barquitos, "autobuses-barco" que te llevan de un lugar a otro, casas que parecían copiar a Brujas con sus techos-escalera, con su fauna local, sus patitos y sus interesantes a la par que inquietantes cuervo-paloma, sus callejones, sus vinilos... Todo siempre rodeado de agua, que embellece la urbe sin lugar a dudas.
Y así pasamos las jornadas en Suecia. Visitando el interesante museo del Vasa, llamado a ser el rey de los barcos, y que se hundió en apenas horas después de zarpar. Primero una chica, aunque después preferimos a un chaval rubito, nos explicaron cómo y por qué había demasiado peso arriba, o quién tenía la culpa. Disfrutamos de una brillante cena con un excelso plato presentado sobre una tabla, con un delicioso trozo de carne, puré, ensalada y una exquisita salsa, que dio envidia incluso a vegetarianos confesos. Nos entretuvimos también con las búsquedas de nuestras habituales antiguallas, y yo me hice con dos vinilos de Dire Straits y el clásico Forever Young de Alphaville, mientras Australia conseguía incluso regalos de cucharillas del Royal Flying Doctor Service of Australia. Visitamos también una exposición fotográfica para deleite de Australia, donde lo mejor fue El Hombre Invisible. Compramos artilugios de madera típicos y objetos de diseño no menos típicos. Visitamos unas cuantas iglesias donde había velas mostrando la hermandad y el respeto por Noruega. Paseamos sin fin por calles viejas y modernas, viendo sin cesar algunas de esas famosas rubias de las que siempre escuché hablar, con un asombroso tanto por ciento de ellas embarazadas, lo que seguramente demuestra buenas condiciones para tener un hijo allí. Pasamos, en definitiva, grandes días y grandes noches, decidimos que era una gran ciudad, y, nuevamente, fuimos más que felices.
Más tarde volvimos a aquel pequeñísimo aeropuerto de Estocolmo, y afromtamos la que fue nuestra recta final en Milán, donde la despedida se hacía patente a cada segundo, una despedida grande y múltiple, puesto que habría que decir adiós a Milán, a Italia, al Erasmus, e incluso a mi querida Australia. Pero, ay amigo, de todo podemos sacar una enseñanza. Y además, como siempre recuerdo, La vida puede ser maravillosa.
0 comentarios:
Publicar un comentario