Llegados al centro tras una larga caminata, y una rápida visita a una efectiva y útil información de turistas, comenzamos un pequeño giro por la ciudad, magistralmente dirigido por mí, consistente en ir viendo los numeritos del mapa y leyendo las anécdotas e historietas de cada monumento. Lo cierto es que era difícil decidirse ante las torres e iglesias que podíamos observar a simple vista.
Paseamos por las calles, hicimos un pequeño pic-nic, tuvimos una nueva casualidad y Australia se encontró a un compañero de clase, descubrimos urinarios portátiles por todas partes que todos usaban sin pudor quizá intimidados por la multa de 60 euros, avistamos castillos y escuchamos a un hombre tocando el arpa en una iglesia.
Y así, entre fiesta y monumentos, y bajo la amenaza que acabó por cumplirse de lluvia intensa, se cumplió nuestra corta visita al imprescindible lugar, donde quizá hubiésemos preferido ir un día normal y corriente, pero que sin duda merece la pena.
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