3 ago 2011

Brujas, ¿O era Australia?

Brujas. El suelo empedrado recibe a las decenas, quizá cientos de pasajeros que la estación desembucha hacia el corazón de la ciudad. Algunos abren sus mapas, otros simplemente hacen que sus maletas repiquen mientras caminan hacia sus hoteles, o puede que sus casas. Hay edificios que acaban en una curiosa y característica forma de escalera en ambos lados de la calle, y de vez en cuando alguna bicicleta atraviesa la calzada no sin cierta dificultad en el arisco terreno que deben recorrer. El desconocimiento del destino nos guía hacia el corazón de la ciudad, siempre acompañados ya de tiendas llenas hasta los límites de chocolates para todos los públicos. Caminamos. Australia imagina la fachada del hotel y la busca y encuentra detrás de cada esquina. Yo arrastro las maletas, la miro, y sonrío.







Australiana, de Melbourne. Tres veces se repite, sin contar con otro más que aunque no comparte ciudad sí lo hace con la nacionalidad. La habitación es australiana. Pero eso no es todo, porque algún día más tarde, Australia se encontraría en el desayuno con más aussies... ¡De su mismo colegio! ¿Era Brujas o era Australia? Fuera de detalles de países, el hostel está muy bien. El bar es agradable, y además de desayunar, cenamos un día ahí con degustación de tres cervezas gratis incluida. Wifi en la habitación, aceptable (como poco) emplazamiento, desayuno incluido, y aunque no pudimos usar las bicis de alquiler en una excursión a la costa debido al tiempo, fuimos felices en nuestra habitación aussie.





Lluvia ligera cae incesante sobre Brujas. Pero nada cambia. No cambian las retorcidas calles con sus casas de ladrillos. Ni los canales que por las mañanas gobiernan botes y barcas multi-lenguajes y por las noches los bellos y malvados cisnes, siempre misteriosos, siempre elegantes. Por no cambiar, ni siquiera lo hacen las parejas que salen a bailar tangos, venciendo al piso deslizante y a los amagos de caídas, que Australia y yo observamos tranquilamente mientras degustamos unas tradicionales y típicas patatas fritas. Tras los majestuosos bailes, y con nuestras compras (un vinilo de Jazz y un libro de Braille con el que contar infinitas historias) bajo el brazo, vagamos por las calles más turísticas hasta acabar en las más desiertas, siempre escoltados por chocolates, y gofres, y patatas, y cualquier cosa que atraiga a un turista al negocio.









Una australiana, un español, unos vecinos británicos, una ciudad belga y un pub irlandés. Y no, no fue un chiste, fue una cena extraordinaria. Iluminados por una vela robada furtivamente, y degustando unas cervezas belgas que hacen honor a su fama, las bangers & mash fueron deliciosas. No faltó, por supuesto, algo de humor inglés y la constatación de lo increíble del avance tecnológico puesto que un aparatito llamado cámara de fotos puede guardar imágenes. En la vuelta a casa, cisnes teniendo su propio banquete, y nuestra vieja amiga plateada alumbrando mágicamente las calles de la encantadora ciudad.





Paseo en barca donde ver la ventana más pequeña de la ciudad. Perros que descansan sobre el alféizar para deleite de los visitantes. Altas y grandes iglesias aunque inaccesibles casi siempre. Preciosas plazas que admirar día y noche, a poder ser deleitándose con chocolates. Casas con fachadas de madera que mantienen el viejo espíritu de la ciudad.







Brujas. Tan turística, tan encantadora. Una ciudad que añadir a tus favoritas. De visita obligada y recuerdo imborrable.

1 comentarios:

Mac dijo...

Mucho bonito Brujas. En mi país consentimiento no nesesario.

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