3 ago 2011

Going Home...

(Este post debería haber ido justo antes de partir hacia España...)



(Significado: Lo que siento no se puede describir con palabras... Y es muy bonito... Como esta canción, sin palabras pero preciosa...)

Estocolmo, rubias embarazadas

Estocolmo. La perla escondida del viaje. La más desconocida, la más sorprendente, y, seguramente, donde mejor estuvimos. Donde pensábamos que haría frío e hizo calor, anulando nuestras precauciones tomadas. Donde son rubias, pero no tantas. Donde pasear por las islas (porque sí, Estocolmo son unas cuantas islas) fue una maravilla.

El aeropuerto de Ryanair de Estocolmo es muy Ryanair. Tardas una hora y media en ir desde la ciudad, y supongo que la compañía de autobuses se forrará a base de clientes low-cost. Nosotros tuvimos la ocasión de, entre sueño y bostezo, disfrutar de un atasco espectacular provocado por un accidente. Llegados allí, y con Australia como eficiente guía, no tuvimos mayor dificultad en encontrar nuestro hotel. Aunque tuvimos algún problemilla, como una casi obligatoriedad de hacerse una tarjeta "de socio" para ahorrar coste, pero pagando dicha tarjeta, lo cierto es que el hotel fue de mi agrado. Principalmente, por una cocina común que hizo las delicias de Australia, donde pudimos descansar un poco de buscar restaurantes buenos-bonitos-baratos, que resulta ardua labor en todas las ciudades visitadas. Así pudimos ir un poco a nuestro aire, no tan pendiente de horarios, y creo que agradecimos mucho todo esto, e incluso disfrutamos más de cuando comimos fuera.

Nuestra aventura en el hotel comenzó con una sala de espera llena de oceánicos, una familia aussie muy divertida, y un neozelandés que nos contó su vida, recién llegado de Noruega a la que terminó por casi odiar (o eso decía), y que al día siguiente apareció consternado por el fatídico suceso que acaeció, porque había estado allí hacía dos días. Por su parte, la familia australiana tenía un chavalín muy majete con el que nos reímos mucho. Aparte de esto, de alquilar una nevera, y de que había un supermercado que me gustó mucho a una manzana, no mucho más del hotel.









Estocolmo ofrece paseos agradables por sus orillas, monumentos, calles y zonas históricas así como lugares donde el diseño es primordial, museos y exposiciones fotográficas y calles turísticas con tiendas donde comprar recuerdos. Negocios de antigüedades y curiosidades e iglesias con baño y formas bastante distintas a las de aquí.
La ciudad sueca es bonita, y siempre tienes que decidir por qué puente ir. Llena de zonas verdes, barquitos, "autobuses-barco" que te llevan de un lugar a otro, casas que parecían copiar a Brujas con sus techos-escalera, con su fauna local, sus patitos y sus interesantes a la par que inquietantes cuervo-paloma, sus callejones, sus vinilos... Todo siempre rodeado de agua, que embellece la urbe sin lugar a dudas.









Y así pasamos las jornadas en Suecia. Visitando el interesante museo del Vasa, llamado a ser el rey de los barcos, y que se hundió en apenas horas después de zarpar. Primero una chica, aunque después preferimos a un chaval rubito, nos explicaron cómo y por qué había demasiado peso arriba, o quién tenía la culpa. Disfrutamos de una brillante cena con un excelso plato presentado sobre una tabla, con un delicioso trozo de carne, puré, ensalada y una exquisita salsa, que dio envidia incluso a vegetarianos confesos. Nos entretuvimos también con las búsquedas de nuestras habituales antiguallas, y yo me hice con dos vinilos de Dire Straits y el clásico Forever Young de Alphaville, mientras Australia conseguía incluso regalos de cucharillas del Royal Flying Doctor Service of Australia. Visitamos también una exposición fotográfica para deleite de Australia, donde lo mejor fue El Hombre Invisible. Compramos artilugios de madera típicos y objetos de diseño no menos típicos. Visitamos unas cuantas iglesias donde había velas mostrando la hermandad y el respeto por Noruega. Paseamos sin fin por calles viejas y modernas, viendo sin cesar algunas de esas famosas rubias de las que siempre escuché hablar, con un asombroso tanto por ciento de ellas embarazadas, lo que seguramente demuestra buenas condiciones para tener un hijo allí. Pasamos, en definitiva, grandes días y grandes noches, decidimos que era una gran ciudad, y, nuevamente, fuimos más que felices.







Más tarde volvimos a aquel pequeñísimo aeropuerto de Estocolmo, y afromtamos la que fue nuestra recta final en Milán, donde la despedida se hacía patente a cada segundo, una despedida grande y múltiple, puesto que habría que decir adiós a Milán, a Italia, al Erasmus, e incluso a mi querida Australia. Pero, ay amigo, de todo podemos sacar una enseñanza. Y además, como siempre recuerdo, La vida puede ser maravillosa.

Gante, fiesta medieval

La famosa "desconocida" ciudad medieval nos acogió con poco de medieval y mucho de megafiesta moderna. Los escenarios y lugares de ocio para beber (principalmente) o comer se propagaban por todo el centro de la ciudad, tan bulliciosa como receptiva a sus alborotadores.





Llegados al centro tras una larga caminata, y una rápida visita a una efectiva y útil información de turistas, comenzamos un pequeño giro por la ciudad, magistralmente dirigido por mí, consistente en ir viendo los numeritos del mapa y leyendo las anécdotas e historietas de cada monumento. Lo cierto es que era difícil decidirse ante las torres e iglesias que podíamos observar a simple vista.







Paseamos por las calles, hicimos un pequeño pic-nic, tuvimos una nueva casualidad y Australia se encontró a un compañero de clase, descubrimos urinarios portátiles por todas partes que todos usaban sin pudor quizá intimidados por la multa de 60 euros, avistamos castillos y escuchamos a un hombre tocando el arpa en una iglesia.

Y así, entre fiesta y monumentos, y bajo la amenaza que acabó por cumplirse de lluvia intensa, se cumplió nuestra corta visita al imprescindible lugar, donde quizá hubiésemos preferido ir un día normal y corriente, pero que sin duda merece la pena.

Bruselas, una plaza

Ciudad en que la lluvia nos acompañaba y nos dejaba, como sin mostrar interés, al compás de la propia urbe. Donde la preciosa plaza se hace insuficiente para embellecer toda la metrópoli. Donde comprar un gofre con tantos ingredientes que se hace difícil el comerlo, o incluso decidir entre nata, fresas, chocolate y el propio gofre. Con su pequeña y famosa fuente que todos van a ver y a muchos decepciona. Sus callejuelas de restaurantes para turistas en los que te intentan atrapar en todos los idiomas. Donde puedes comprar seis tipos de cerveza y aún tener dificultades para elegir, y que después todas sean superiores al nivel español. Con ejecutivos comiendo sentados en la plaza donde estrenar nuevos chubasqueros. Con Tintín de reclamo, pero siendo una nimiedad al lado del chocolate. Chocolate en bombones, en tabletas, en virutas, en monedas o en cualquier forma imaginable, negro o blanco, sin azúcar o lujoso.











Aquí pasamos unos buenos días, lluviosos pero entretenidos. Desde Bruselas aprovechamos para visitar la siempre recomendada Gante, puesto que Bruselas, quizá, es demasiado ciudad, y no tan "bonito" como puede ser Brujas, o el citado Gante. Tuvimos un hotel de lujo que nos sorprendió pudiésemos haber pagado. Bebimos zumos muy ricos y comimos más fries. Visitamos iglesias, busqué vinilos y libros sin éxito, nos perdimos por zonas no tan turísticas, y, por supuesto, fuimos felices.

Bruselas, una plaza. Puede que sea injusto, pero puede que sea cierto. De cualquier manera fue un placer estar allí, y como digo, felices.

Brujas, ¿O era Australia?

Brujas. El suelo empedrado recibe a las decenas, quizá cientos de pasajeros que la estación desembucha hacia el corazón de la ciudad. Algunos abren sus mapas, otros simplemente hacen que sus maletas repiquen mientras caminan hacia sus hoteles, o puede que sus casas. Hay edificios que acaban en una curiosa y característica forma de escalera en ambos lados de la calle, y de vez en cuando alguna bicicleta atraviesa la calzada no sin cierta dificultad en el arisco terreno que deben recorrer. El desconocimiento del destino nos guía hacia el corazón de la ciudad, siempre acompañados ya de tiendas llenas hasta los límites de chocolates para todos los públicos. Caminamos. Australia imagina la fachada del hotel y la busca y encuentra detrás de cada esquina. Yo arrastro las maletas, la miro, y sonrío.







Australiana, de Melbourne. Tres veces se repite, sin contar con otro más que aunque no comparte ciudad sí lo hace con la nacionalidad. La habitación es australiana. Pero eso no es todo, porque algún día más tarde, Australia se encontraría en el desayuno con más aussies... ¡De su mismo colegio! ¿Era Brujas o era Australia? Fuera de detalles de países, el hostel está muy bien. El bar es agradable, y además de desayunar, cenamos un día ahí con degustación de tres cervezas gratis incluida. Wifi en la habitación, aceptable (como poco) emplazamiento, desayuno incluido, y aunque no pudimos usar las bicis de alquiler en una excursión a la costa debido al tiempo, fuimos felices en nuestra habitación aussie.





Lluvia ligera cae incesante sobre Brujas. Pero nada cambia. No cambian las retorcidas calles con sus casas de ladrillos. Ni los canales que por las mañanas gobiernan botes y barcas multi-lenguajes y por las noches los bellos y malvados cisnes, siempre misteriosos, siempre elegantes. Por no cambiar, ni siquiera lo hacen las parejas que salen a bailar tangos, venciendo al piso deslizante y a los amagos de caídas, que Australia y yo observamos tranquilamente mientras degustamos unas tradicionales y típicas patatas fritas. Tras los majestuosos bailes, y con nuestras compras (un vinilo de Jazz y un libro de Braille con el que contar infinitas historias) bajo el brazo, vagamos por las calles más turísticas hasta acabar en las más desiertas, siempre escoltados por chocolates, y gofres, y patatas, y cualquier cosa que atraiga a un turista al negocio.









Una australiana, un español, unos vecinos británicos, una ciudad belga y un pub irlandés. Y no, no fue un chiste, fue una cena extraordinaria. Iluminados por una vela robada furtivamente, y degustando unas cervezas belgas que hacen honor a su fama, las bangers & mash fueron deliciosas. No faltó, por supuesto, algo de humor inglés y la constatación de lo increíble del avance tecnológico puesto que un aparatito llamado cámara de fotos puede guardar imágenes. En la vuelta a casa, cisnes teniendo su propio banquete, y nuestra vieja amiga plateada alumbrando mágicamente las calles de la encantadora ciudad.





Paseo en barca donde ver la ventana más pequeña de la ciudad. Perros que descansan sobre el alféizar para deleite de los visitantes. Altas y grandes iglesias aunque inaccesibles casi siempre. Preciosas plazas que admirar día y noche, a poder ser deleitándose con chocolates. Casas con fachadas de madera que mantienen el viejo espíritu de la ciudad.







Brujas. Tan turística, tan encantadora. Una ciudad que añadir a tus favoritas. De visita obligada y recuerdo imborrable.

París, troppo romantico

La fría y oscura noche nos recibe al bajar de un misterioso autobús blanco, en el que realizamos el incierto trayecto entre París y uno de esos aerpuertos que Ryanair se inventa. Tras encontrar la parada del autobús que nos llevará al hotel, Australia ayuda a una señora y su hija a "encontrar" el coche que las recoge, y nos lo agradecen una y mil veces. Acabamos por encontrar el hotel con relativa facilidad, y una acogedora habitación nos espera, que, sin duda, hace que nos alegremos sabiendo lo barata que era. Así termina un larguísimo día, que incluyó un examen, check-out de la residencia, despedidas, autobuses a y desde aeropuertos, vuelos y primeras aventuras por esa ciudad que todos dicen tan romántica, a veces incluso troppo romántica para los pobres robots.

Transcurrieron los siguientes días guiados por las recomendaciones de una amabilísima amiga, con la que disfrutamos de una buena tarde tomando algo. Así, combinamos Sacré Cœur con largas caminatas por barrios plagados de peluquerías hasta los topes de personas de raza negra, o disfrutamos de un Notre Dame en exclusiva para nosotros mientras bailamos bajo la lluvia.No perdimos la ocasión de ver los fuegos artificiales con la Torre Eiffel, y el espectáculo incluyó música y por supuesto mucho romanticismo. Australia se convirtió en francesa e iba diciendo "merci" a diestro y siniestro, comimos en un restaurante unas raclettes buenísimas y en su caso preparada especialmente, y visitamos un enorme y laberíntico mercado de antigüedades y curiosidades muy caro que unas chicas buscaban ansiosas bajo el pretexto de que la otra zona era muy barato y "crap". Tampoco faltó una visita agotadora al Louvre con el clásico, y lógico por otra parte, comentario de que la Mona Lisa no merece su fama, y con muchas estatuas sin narices (existe la teoría de que porque olía mal) y concursos de foto o pintura. Crêpes, misa en Notre Dame, millones de croissants amén de otras delicias de bollería, quesos, torre de Saint Jaques dedicada al Camino de Santiago, Moulin Rouge sin más para Australia (yo ni he visto la peli), baguettes... Gárgolas, iglesias perdidas con preciosas vidrieras, jardines con multitud de sillas que puedes mover a tu antojo, plazas colapsadas de artistas, zumos escondidos, ópera, paseos de noche, aglomeraciones de metro y autobuses nocturnos como consecuencia...
Y, por supuesto, una gran ascensión (y mejor descenso) a la torre Eiffel, con tempestad incluída en el segundo piso.

París, más bonita de lo que la recordaba, menos de lo que la recuerdan, sorprendente en ocasiones, atestada en otras, con bellos sitios y edificios, con la inexplicablemente ágica y encantadora Torre Eiffel, y, desafortunadamente, muchas veces, mejores bollos que personas.

Au revoir París, y merci beaucoup.


-----


Apéndice - París - Breve historia de una cena

La cola se alarga hasta la misma acera de la calle, atravesando entrada y patio. Palabras tranquilizadoras de una amiga que nos dice que va rápido. Una simpática empleada toma nota de que somos dos y responde a nuestras preguntas.
Era cierto, al poco tiempo nos hacen pasar y podemos entrar. Al cruzar la puerta se descubre un ajetreado y gran restaurante lleno de actividad, ruidos y voces. Nos sentamos en una mesa de cuatro personas que al poco tiempo rellenan, presuntamente, una madre e hija. Al otro lado dos chicas jóvenes con aspecto de turistas, pero al menos una de ellas parece dominar el francés.

Un camarero de origen asiático nos trae dos cartas dobladas por la mitad, difíciles de entender. Yo apuesto por un plato con carne que espero sea el que he visto a algún comensal, ella por el combinado verduril con pasta. El eficiente empleado, rápidamente trae pan y una botella de vino blanco servida en una cubitera. No mucho después del brindis ya estábamos comiendo.

Los asientos recuerda, quizás, a los de un tren. Los manteles, de papel, sirven también para que los camareros apunten las órdenes. A mi derecha comen caracoles y quesos, más allá gente va llegando y acomodándose. Un camarero veterano, siempre con cara de esfuerzo, atiende varias mesas, recoge y deja platos, siempre como queriendo mostrar que está haciendo un trabajo serio.

Tras terminar el entrante, un puré para mí caliente pero no para su boca de amianto, el camarero siempre atento no tarda en retirar el cuenco y traer los siguientes platos.

Ella me roba patatas fritas, yo pregunto que si todo está bien. Una explosión caracolil me alcanza de lleno y la responsable pide perdón una y mil veces, y afirma que "je suis désolé".

Cuando terminamos, tratamos de elegir dos postres, pero acabo por pedir ayuda al simpático camarero, que dice que inglés a little. Recomienda un choux, al que añadimos un postre de chocolate, bañado en una especie de natillas.

El restaurante comienza a relajarse un poco tras su apogeo de camareros danzando, ordenando, sirviendo, esquivando y limpiando, puesto que la clientela comienza a desfilar hacia la salida poco a poco.

Nuestro fiel camarero hace la cuenta en el mantel, sumando las cantidades, y repasa una vez más la suma. Finalmente nos levantamos y nos despedimos del curioso y ocupado restaurante, donde compartir mesa es un bonito y escaso precio a pagar para poder contemplar todo el espectáculo.