Jueves. Pereza. El día se desliza ante mis ojos de manera que casi pareciera que no pudiese atraparlo. Cuando la tarde se apodera del día bajo a jugar a baloncesto. Un chaval se hace un esguince cuando va a entrar a canasta porque me pisa. Cuando al final le voy a preguntar qué tal me dice que no es mi culpa, y que son cosas que suceden. Añoro mi equipo de baloncesto, mi defensa a cara de perro, mis eternas peleas con los árbitros. El giovedi ya agoniza, y paso sus últimas horas charlando con personajes variopintos. Un turco, un italiano, y unos españoles y argentinos disfrutando de todo tipo de temas. Contento, con una sonrisa en la cara, acaba por morir el día.
Viernes. Mi compañero de cuarto se despierta para ir a clase. En realidad no me importa, puesto que yo tengo todo el día libre. Mientras él le roba minutos a la oscura madrugada, yo trato de seguir durmiendo. Me pregunta si tengo clase. Cuando le respondo, con un toque pícaro, que los viernes nunca, se pregunta por qué y profiere expresiones italianas malsonantes. Me río y no me doy cuenta de cuándo me duermo o de cuándo se va.
Acabo por despertarme tarde. Mis camaradas españoles no están. Tienen actos de servicio, viajes y clases. Espero impaciente a uno, porque habíamos quedado en ir a comprar el móvil. Al final decido ir por mi cuenta porque no llega. Justo cuando salgo por la puerta de la residencia, me lo encuentro, y se viene. Todo infructuoso, porque la tienda ya había cerrado. Otro día será. El Duomo permanece inalterable, es como si de verdad todo lo que hay o pasa en Milán tiene su inicio ahí.
Ceno. Los argentinos están esperando porque les están haciendo una comida típica marroquí. Me convencen para salir. Es más, me esperan para coger el autobús, y me tratan genial, ante mi miedo a quedarme solo por ahí esa noche. Nos encontramos a más conocidos por el garito. Me lo paso muy bien, y vuelvo a la residencia con ellos llamándoles boludos.
Sábado. Mi idea de despertarme pronto se va al traste. Aún así, decido irme a visitar la zona de los Navigli, porque si no no haría nada en todo el día. Como acostumbro, voy al Duomo para ir paseando desde allí hasta la zona en cuestión. La Via Torino está llena de gente, incluso algunos segundos mi mente me lleva a Londres y sus quizá demasiado concurridas calles comerciales. Utilizo mi mapa un par de veces. Estoy inseguro, no sé si sabré llegar. Al final llego al buscado objetivo.
Los canales están sucios, y eso me confunde. Por qué no cuidarían una zona así. Paseo por allí, viendo edificios antiguos, tiendecitas pequeñas, y algún puesto que siempre vende lo mismo. La zona no está mal, aunque tampoco es una maravilla. La calle desemboca en una especie de parking abandonado donde entra mucha gente. Al principio me muestro reacio, pero la curiosidad acaba por vencerme y sigo a la masa. Es el mercadillo del que había oído hablar. Antes de llegar a los puestos se puede ver mucha gente rara, y algunos venden bicicletas, que más que probablemente son robadas. Los puestos son variados, y casi se podría comprar cualquier cosa. Uno vende hasta sartenes utilizadas probablemente durante años. El sitio es curioso, pero el ambiente de gente no es agradable del todo. Acabo mi recorrido por el mercadillo y salgo.
Después de volver caminando por los Navigli de nuevo acabo en la plaza del Duomo (como siempre), y cojo el autobus a la residencia. Unas chicas vestidas como semi-góticas alborotan el autobús. Dos parecen buenas chicas, otra quizá acababa de tener un problema con algún chico, porque todas la miman.
Bajo a cenar a la cocina y me encuentro con todos los hispano hablantes (o casi todos). Me dicen que si salgo, y digo que no creo, que me da pereza. Bromeo con una chica mejicana que me dice que hay que salir porque es la semana de bienvenida, y yo le respondo que eso nunca le importó en realidad. Finalmente, los argentinos vuelven a convencerme. Bueno, eso y que todos salimos, incluido mi amigo el serbio.
Mientras esperamos el autobús le digo al serbio aquello de Si Darko gol no problem y se ríe. Fardo de resultados deportivos españoles y fomentamos el tan divertido pique de fútbol y demás. Me dicen lo de los calzones de Nadal y les comento algo sobre un tal Del Orto. Al final el serbio dice que después de serbio es español, y un argentino canta conmigo eso de yo soy español.
De nuevo lo paso genial. El serbio es un ciclón, los argentinos son argentinos, y bailoteamos y bromeamos toda la noche. Antes de echarnos y encender las luces, ponen varias canciones españolas (o mitades), como Carolina, algo de El Canto del Loco, y alguna más que ya no puedo recordar. Tarareo Seven Nation Army. Me encuentro con el turco y sigo con las lecciones intensivas de español. Llegamos a la residencia y la cama me acoge como al hijo pródigo.
Domingo. Me despierto y venzo a la pereza para ir a misa. Como con los otros españoles. Uno planea (como siempre) con lo que va a comer al día siguiente, o por la noche, o cuando sea. Como si nunca pudiese disfrutar de lo que está haciendo en el momento. Subo a mi cuarto y veo el primer capítulo de la nueva temporada de The Office. Al principio estoy un poco escéptico, pero acabo riéndome a carcajadas.
Mi compañero llega, el español de viaje llega, y bajo a cenar algo ligero. Comentamos entre todos los grupos de italiano. Yo estoy en el más bajo, con el escocés. Tengo muchas ganas de empezar. Bromeo con un español porque en su clase, aparentemente, no hay casi chicas. Subo y hablo con mi familia. Escribo a algún amigo. Me tomo un vaso de leche con aquellas galletas riquísimas, y llega (de nuevo) mi compañero de habitación. Viene de un concierto y me cuenta dos o tres anécdotas muy graciosas. Una chica que conoció en el tren, una chica muy fea que conoció no sé dónde... Nos reímos, y decido acabar el día con Friday Night Lights. Me emociono y despido al día y a Milano hasta mañana.
10 oct 2010
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
5 comentarios:
Nooo nooo nooo, no caigas en la trampa de los argentinos. En la de la mexicana sí puedes caer, si se deja XD. Y haznos un favor y pregúntale al serbio si conoce el rakia. Toni, Jorge y yo tenemos cuentas pendientes...
Me alegra comprobar que lo de exportar música de mierda (aunque Carolina se salva) es una hoja de doble filo y que nosotros también les mandamos parte de la nuestra. ¿Hacen traducciones chapuceras al italiano como llevan haciendo aquí toda la vida Laura Pausini, Eros Ramazzotti, Nek y tu adorado Tiziano Ferro o directamente pasan y se las largan en español para que aprendan?
Joder, tanto como adorado... Conozco dos canciones...
Las ponen en español... Pero está claro que lo hizo porque los "latinos" éramos los que dábamos vidilla... (¿Mentira?)
Al menos no ponen Chenoa...
...eh? ¿Adorado el qué? Estoy Lostísimo.
Adorado Tiziano... ¡Lo pones tú en el comentario anterior! jajaja
Aaah, jajaja. Ya hombre, no iba muy en serio como comprenderás...
Publicar un comentario