Me despierto y acudo, de nuevo, a la estación Centrale. Un nuevo visitante, una nueva persona que va a conocer Milano. Responsabilidad. Siempre tengo la sensación encima en los días precedentes. La gente me dice que me preocupo demasiado, pero es que si no fuese así, no sería yo.
Los autobuses llegan a Centrale. La gente sube y baja, mientras unos ofrecen billetes, otros roban clientes, y algún desactualizado ofrece llevar maletas. Me da sensación de tristeza, quizá sólo lo supera un aeropuerto. Pero no siempre es triste. Llega S y vuelvo a ser el anfitrión. Parece que incluso se alegra de verme, como si no se acordase de que al principio la odiaba ( :D ). Pero no todo son responsabilidades esta vez, ahora tengo traductor simultaneo para el italiano "pro".
Después de dejar las cosas en la residencia guío nuestros pasos hacia el corazón de Milán. El billete diario cuesta medio euro menos porque es Natale. Así somos en Milano, recibimos a la gente con alegría. La plaza de San Babila inicia nuestro paseo, llena de vida como siempre. Las tiendas de todo tipo escoltan nuestro camino hasta el Duomo. Para mí ya es normal encontrarme el Duomo, pero me gusta pensar que otros lo ven por primera vez, sientan lo que sientan. Como me gusta hacer, bajo las expectativas del interior, y puede que hasta funcionase esta vez. En realidad somos polos opuestos. El que quizá sea su monumento favorito de Roma es el que menos me gusta a mí por ejemplo. Salimos del Duomo, dejando los gigantes cuadros que inexplicablemente están colgados dentro.
Charlo sobre la tradición del toro y sus testículos mientras nos adentramos en la galería Vittorio Emanuele II, y algo raro sucede cuando llegamos allí. El toro está inexplicablemente libre de turistas que se pelean por pisar las partes nobles del toro. Es más, hay dos o tres haciéndolo y lo hacen mal. Para hallar la razón hay que mirar en el corazón. En el corazón de Swarovsky que ha caído del techo sobre una señora que pasaba por allí. Curiosos, ambulancias, policía, y, sobre todo, restos de un corazón de madera.

S devora Milán. Ve por primera vez las croquetas mutantes, y llegamos por la Via Dante hasta el Castello Sforzesco. Vemos el parco Sempione, con el arco que impresiona a los argentinos a lo lejos, y volvemos, desandando lo andado, pasando por los bancarelle, las croquetas y esquivando personas y tráfico. Comemos pasta mientras S habla de todo tipo de cosas y yo trato de seguirle el ritmo. También probamos la torta della nonna y S se reserva el derecho a copia de receta.
Siempre pasando por el Duomo, dirijo los pasos hacia una de mis favoritas, via Torino. Siempre llena de vida, de gente comprando, te lleva hasta lo que llaman "las columnas". Seguimos hasta Navigli, aunque no era de noche y no estaba tan bonito. Pero bueno, al menos ahora hay agua. Al volver le regalo a mi invitada la púa de Milano para su colección. Seguimos paseando un rato, si no recuerdo mal hacia corso Buenos Aires, y por fin cogemos el metro para volver.
Tras solucionar unos papeleos, cosas del vuelo y demás, vamos a hacer el típico aperitivo milanés. Conseguí reclutar a dos españoles y comimos carne, pasta, pizza, y hasta tarta. Hubo gente que tiró tarta a las salchichas, pero nunca se supo bien quién fue... Tras un completo día, sólo quedaba descansar en la habitación y que S consiguiese que mi compañero hablase en italiano.
Al día siguiente, pese a que temía que no quedase nada por enseñar, fuimos a seguir con la visita. Primero fuimos a ver La Última Cena, que a S le interesaba. Nos dieron cita y mientras llegaba la hora, dimos una vuelta por allí. Comenté que me daban envidia unos puestos de libros que había, y hablamos un rato de literatura. Me puse celoso de todos los libros que no he leído todavía, critiqué al incomprensible Corazón de las Tinieblas, y no podía faltar el ensalzamiento de Edad Prohibida. Volvimos, y aunque S se intentó colar cuando no era su hora, acabamos por entrar y ver no sólo el Cenacolo, si no que también vimos la otra pintura de enfrente que a nadie interesa.
Desde la iglesia de Santa Maria delle Grazie fuimos hasta el Duomo (como siempre), para poder completar la trilogía, caminar por fuera, dentro y sobre el Duomo. Me alegró escuchar una frase que quizás ella no recuerde "Cada vez me gusta más el Duomo", y es que, acabas por tener cariño a la ciudad y las cosas donde vives. Subiendo los escalones S se dedicó a responder preguntas de otras conversaciones sin temor a represalias. Es más, se lo agradecieron pero probablemente el odio iba por dentro ( :D ). Arriba descansamos un poco (puede que sólo yo), y al rato bajamos venciendo vértigos y temores.
Comimos una pizza (a pesar de no saber qué era radicchio) en un sitio en el que nos quedamos solos mientras las camareras discutían sobre dos euros, y más tarde fuimos hacia el norte, pasando por la zona de Brera, por la Pinacoteca, por las calles con lucecitas, y llegamos al cementerio monumental, probablemente poco delicado por mi parte, pero no caí.
Luego me dejó invitarla a un capuccino de despedida, y fuimos diciendo adiós al Castello (con música ambiental y espectáculo de luces), al Duomo, las croquetas, y todas las cosas del centro.
Ya en la residencia estuvimos un rato descansando y teniendo una gran conversación sobre música, con el gran Knopfler de artista principal en la BSO de fondo. Me aproveché de la visita para que me hiciese la cena, que aunque no fuese redonda estaba buena, y le presenté a muchos de mis conocidos de residencia. Cuando llegó el escocés tuvimos que huir porque había un recepcionista ninja en la ventana y tuve miedo, pero luego le dije que subiese, para que al menos S pudiese hablar con alguien distinto y en otro idioma.
Al día siguiente, taxi-autobús-avión de por medio, llegamos a Praga. La preciosa y asombrosa Praga. Pero eso es otra historia...
PD: Muchas gracias a S por ser tan buena invitada y por disfrutar de Milano y ponérmelo todo tan fácil... Grazie!
1 comentarios:
PREGO!
Publicar un comentario