10 abr 2011

Torino

Torino. Ciudad de soportales, de calles por las que pasear sin rumbo, de banderas tricolor orgullosas de 150 años. Ha sido un viaje muy bonito, interesante y agradable.

En el viaje de ida estaba cansado y me dormía a ratos. Australia escribía y dibujaba en un cuaderno. Cuando llegamos hacía mucho calor, llegué a ver 30 grados, y después de dar una vuelta, comer algo, y hablar con mi amigo que nos hospedó, fuimos a dejar el peso en su casa.
Vive mi amigo en una zona muy buena, en una casita pequeña pero suficiente, y como suele decirse, acogedora.

Luego nos fuimos, siguiendo las indicaciones de nuestros anfitriones, camino del Monte Capuccino, atravesando zonas como el Palacio Real, o calles con aspecto de señoriales. Siempre huyendo del sol claro, buscando la sombra cual ucranianos. En algunas cosas Turín se parece a Milán, como los tranvías, o las bicis, y de hecho en un momento dado un dueño de una panadería-pastelería me empezó a hablar, y cuando le dije que era de la Real, y él me hablaba de Kovacevic, me costó darme cuenta de que estábamos en Torino. Pero para ser honestos, en general es más bonito aquello que Milán, aunque no tengan el Duomo.

Tras llegar al río Po, cruzarlo por un puente abanderado, y perder un poco el tiempo en sus orillas, comenzamos el ascenso al pequeño monte, no sin antes comprarnos un gelato, yo de yogurt y pistacho. Arriba, se puede ver todo Turín, incluida la mole, que vimos en el camino hacia el monte, edificio característico de Torino pero no muy especial (en eso gana Milano). Vimos allí la puesta de sol, hicimos unas cuantas fotos (unos fotos de turista y otros artísticas), hablamos de tonterías y de cosas filosóficas, y nos fuimos hacia el centro de nuevo, atravesando por ejemplo una gran plaza llena de italianos jóvenes haciendo aperitivos.

Cenamos en un sitio que me dijo mi amigo, donde nos trataron muy bien, y tras dar la última vuelta del día bajo una cálida noche, llegamos cansadísimos a casa, sin hacer mucho más que hablar unos minutos y dormir.

Al día siguiente nos dieron de desayunar estupendamente, yo particularmente unas galletas muy ricas con pepitas de chocolate y luego un poco de café. Nos fuimos a un mercado que ponen al parecer casi todos los días (según entendí yo al menos), y mientras Australia hacía fotos a mí me detectaban como español rápidamente. Un mercado gigantesco me pareció, puedes comprar de todo ahí. Luego fuimos por zonas que no conocíamos hacia el parque de Turín. Llegamos allí con pizza para comer, y estuvimos un rato tirados comiendo, agazapados a la sombra de un sol mordiente. Llenísimo el parque de gente joven, haciendo de todo, jugar a volley, a fútbol, tirando un frisbie desde lejísimos, corriendo, en bicicletas, paseando, simplemente sentados hablando, con una especie de karts pero a pedales... Muchísima gente allí concentrada pasando el caluroso día. Allí nos encontramos de nuevo con mi amigo turinés, y luego volvimos juntos a casa, aunque ya prácticamente nos tuvimos que ir. Fuimos dando una vuelta hasta la estación, compramos los billetes, tomamos algo, y volvimos a la estación mientras me intentaban asustar diciendo que perdíamos el tren.

A la vuelta estaba el tren prácticamente vacío, vimos alguna foto, estuvimos charlando, y escuchando una excelente selección musical (como no puede ser de otra manera) que iba haciendo sobre la marcha.

Y nada, llegamos a Milán un poco sin querer salir de la estación, porque realmente lo pasamos muy bien y daba pena volver a la ciudad donde los deberes y obligaciones nos atraparían.

Y así acabó el viaje a Torino, donde tan bien nos trataron, donde desgastamos las calles paseando sin descanso, donde comimos pizzas y helados, donde pasamos dos buenos días bajo un asfixiante calor y sol. ¡Hasta pronto Torino!







2 comentarios:

BAUER dijo...

Había murciélagos??

Andriy McJordan dijo...

jajajajjajaja

¡¡¡¡Que había murciélagos cojones!!!!

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