Hoy me he levantado y me he ido a ver el Duomo por dentro. Había estado ya muchas veces por fuera, pero todavía no había entrado por una u otra razón, y ya tenía ganas. Así que me he puesto mis Vans verdes y mi jersey de rombos y me he bajado a la parada del autobús que va al centro.
Me he sentado en un sitio pegado a la ventanilla, y me he puesto Sigur Rós de banda sonora mientras iba viendo la que llaman la capital de la moda. La gente iba entrando y saliendo del autobús, mientras yo veía pizzerías de imitación y tranvías de incógnito entre el tráfico.
Finalmente he llegado cerca del Duomo, y he preferido bajarme un poco antes para poder ir paseando por el Corso Vittorio Emanuele II, viendo todas esas gigantes tiendas, aquellos megalómanos soportales, y las coquetas cafeterías donde la gente se sienta para ver el particular desfile de moda de dicha calle.
El Duomo se ve como orgulloso de sí mismo, con todas esas torres que acaban siempre con una escultura. Hay tantas que no puedes ni contarlas, se pierden en ese remolino de mármol. Dentro, esperan cuadros colgados que me llaman la atención, puesto que no estoy acostumbrado a ver pinturas en las catedrales españolas. Por un lateral hay panteones, o alguna especie de sarcófago perdido en el que nadie se para, como si nadie le rindiese los honores que se pudiese pensar que le darían al estar enterrado en tan honoroso lugar. Las cristaleras son enormes, llenas de colorido y escenas, de nuevo tantas que te pierdes si las intentas ver todas.
Al final, alguien poco entendido en arte como yo, sale abrumado de allí, y pienso que volveré otro día para volver a verlo. Ya fuera, a la luz del sol, me parece que es más bonito por fuera que por dentro, por no osar a decir que mucho más.
Vuelvo a ponerme de banda sonora Sigur Rós, esta vez con la canción Milanò, apropiada para la situación. Me doy una vuelta por las tiendas, y entro en tres o cuatro incluso. Al final, acabo comprándome un jersey a rayas, en parte por las ganas que ya tenía de comprarme algo en Milán.
Después, ya con música más movida, como si el arte hubiese acabado por hoy, me alejo de la zona del Duomo, y acabo por sentarme en una pizzería con buena pinta, desde donde veo el horno de leña. Me tomo una gigantesca pizza con pomodoro, orégano, salami especial picante (o algo así pero en italiano), y ya no recuerdo qué más. Tras disfrutar con una de mis comidas favoritas, me pido un capuccino delicioso, y me voy feliz y contento por haber elegido ese sitio, y por permitirme el capricho de gastarme dinero en algo que me encanta, una buena comida.
Por la tarde, para completar el día, he salido a correr por el parque cercano. Con los Killers, Coldplay, The XX o Julian Casablancas, entre otros, dándome ánimos, he quemado las calorías de esta mañana. Bueno, no nos engañemos, probablemente no tantas.
Luego, como es jueves, igual salimos por la noche, ya veremos.
Y así, entre bicicletas que desafían tráfico y peatones de igual manera, turistas que buscan la instantánea del siglo, chefs que cantan aquello de "Giropaaa!" a la par que hacen pizzas, y fachadas que al ver al Duomo cerca también se dan aires de grandeza, así transcurrió mi día.
And how was your day?
30 sept 2010
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3 comentarios:
Joder, qué nivel literario. Yo sí que estoy abrumado...
y las vidrieras no te han parecido alucinantes...
me gusta lo del jersey, supongo que será bonito
:D
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